RANCHO LOFT
A lo largo de mi
vida, si algo no puedo decir es “no me
enamoré”.
Lo reconozco, lo
acepto, aún sabiendo que el tiempo que
duró ese estado yo no era yo sino un
suspiro, una imagen virtual de mí (la de siempre).
A lo lejos, me da
vergüenza ajena el verme tan alterada, tan rara, tan angustiado, en fin, tan
aparato.
Dejaba de comer y
dormir durante varios días, por la
emoción, por lo que tuve que estar medicada
Más que amor, eso parecía una enfermedad...
El corazón me
galopaba cuando sonaba el teléfono, y lloraba si era otra la persona.
Tenía violentas
depresiones a lo largo del día, y no quería hacer nada por las dudas que él me
llamara. Iba a trabajar arrastrando los pies, por la falta de sueño y de
comida...todo estaba teñido por el recuerdo del último minuto de amor vivido
con intensidad...
Estaba demacrada y flaca.
Triste.
Diciendo “lo feliz
que era.”
Mientras el nudo en
la garganta no dejaba de oprimirme. Papa estaba muy enfermo, y la única luz que
tenia para sostenerme era este amor
Mi Romeo siempre venía
a mi casa y cuando él llegaba, yo sentía que volvía a respirar...
El vivía a 50 km., en
las afueras de Pilar, solo, con tres
perros.
Una sola vez tomé el
Micro 57 de media distancia, para ir a su casa. Me deje tentar por la
curiosidad. Desde Palermo era una hora de viaje, y en la terminal me esperaba
el, en su 4L destartalado. Cuando baje me emocione mucho, sentí todo el amor
del mundo y eso que tuve que empujar
para que arrancara mientras él se quedaba al volante
No podía dejar de
sentir agradecimiento por este ser que me habia acompa;ado tanto durante los
últimos días de vida de papa que vivia a pocas cuadras de distancia. Yo tenia
miedo de dormir por si sonaba el teléfono para darme la noticia. Papa tenia
mujer , y ella me iba a llamar. Mi hermana que vivía todavía en Buenos Aires, desenchufaba su teléfono para
descansar, o sea que si pasaba lo que tenia que pasar, estaba sola
Pero no, mi Romeo me
iba a buscar a las nueve de la noche cuando dejaba a mi papa durmiendo con su
mascara de oxigeno, y no solo íbamos a mi casa sino que se quedaba a dormir. Y
cuando sonaba el teléfono se levantaba conmigo por las dudas y me daba la mano.
LA CASA:
Era un terreno de
1500 metros cuadrados, con árboles altos, seguramente casi centenarios.
El pasto, digamos, el
yuyal, en algunas partes estaba cortado. La entrada para auto, era un portón
desvencijado de madera quién sabe de qué
color, atado con un alambre.
Al costado había una
pila de escombros, chapas, palos, basura alto como una persona.
También algunas
esculturas bastante lindas, mezcladas con la basura, y con cosas encima, y
ramas que crecían libremente.
Por fuera, el rancho
parecía una casita de material de una villa. No llegaba a ser un rancho, pero
tampoco se recibía de casa. Una construcción rectangular, de ladrillos con
partes de revoque, y con techo a dos aguas, de chapa de distintos colores. Las
ventanas, con rejas pintadas con anti oxido. Dos ventanas al frente, y una
puerta de chapa.
Al costado derecho,
dos palos largos sostenían un techito debajo de la cual, se estaba arruinando a
la intemperie un enorme horno de cerámica muy valioso para los que estamos en
el tema.
Al entrar, toda la
extensión no estaba dividida por nada.
Era todo un ambiente.
A la izquierda,
estaba la cama. De dos plazas, de algarrobo, muy pero muy sucia, o sea, que se
podía escribir con el dedo. En la cabecera, fotos pinchadas con chinches, de su
mamá muerta y de su hermana cuando joven. El colchón tenia manchas de dudosa
etiología, las cuales eran cubiertas por dos sábanas, una chiquita y una
grande, con un olor a “de todo”, indescriptible. Había una mesita de luz, sin lámpara.
Frente a la cama,
toda la ropa estaba encima de dos tablones, la de invierno y la de verano.
Para diferenciar el
dormitorio del resto, dos persianas a manera de biombo, oficiaban de perchero, con abrigos pulóver y cinturones. También
había colgadas dos mantas norteñas, de adorno, entre la ropa. Hacia frio y como
se hizo de noche me quede a dormir.
Cuando me desperté,
tenía al alcance de mi mano la ventana, de la que se veían los árboles en
distintos tonos de verde. Fue lindo que lo primero que escuché fueron los
pájaros que cantaban rabiosamente.
La cocina, era oscura, toda de cemento,
sin cerámicas ni en el piso ni en la pared.
Una heladerita bajo mesada oxidada y cerrada por medio de una liga de elástico
con un gancho. Al abrirla, tenía dos o tres cosas, pero ya no estaban en condiciones de ser comidas.
Nunca en años había sido lavada por dentro. Daba curiosidad y asco abrirla
La cocina de
cocinar, era a garrafa, estaba sucia, ya que las perillas no giraban bien por la grasa de años. Como se
le habia acabado la garrafa, trajo maderas de los arboles de afuera y allí en el piso de la sala principal prendio
fuego, como si estuviéramos en un campamento. Se lleno de humo , pero comimos
nuestro arroz con salsa de lata.
La mesada era de
acero inoxidable, con una bacha y dos canillas, una de ellas no funcionaba, y
la que sí, nacía de una manguera que entraba por la ventana ya que no había cañerías.
Debajo de la
mesada, no había mueble, sino el piso con un montón de cosas acumuladas,
mezcladas con moldes de goma para hacer piezas de yeso, bolsitas de supermercado
con basura, cacerolas negras por usarlas en fogón, botellas vacías , aceite,
frascos y cosas en desuso.
El baño merece un
capítulo aparte: daba miedo.
Era cerrado, con un
ventiluz chico, arriba. Todo de cemento
de un color indescriptible, oscuro, sin
cerámica, con un cable en el techo del
cual pendía una lamparita que se turnaba para ir a otro lado a iluminar. O sea
que cuando uno iba al baño la usaba, y si tenía que ir a la sala porque era de
noche, la sacaba del baño y la colocaba en el otro lugar
Se sentía bastante olor a pozo ciego que en realidad era lo que había. Un pozo
profundo hecho de forma casera con un inodoro de que le habían regalado, rajado
y suelto, o sea no estaba fijado al piso
Un bidet desconectado, con cosas adentro, que era como
un adorno, ya que no tenía agua, y una ducha, bueno, sólo el caño, sin flor. Con un calefoncito eléctrico de esos de
camping. El agua de la ducha provenía de una manguera que entraba por la
ventana. En la casa no había conexión de
agua, la manguera venia de lo que sería la calle.
A mi me daba
aprensión andar descalza, por lo frío y por lo sucio. Si me quería mirar, había
un estantecito muy viejo, despintado,
creo que celeste, con algo que fue un espejo al que ya se le había salido la
pintura reflejante.
Allí había una sola
toalla, y, si me tocaba limpia, mejor, si no, paciencia.
La mesa
para todo uso, era de cuando él era chico, la había hecho el padre. Era
un tablón largo y pesado como los de las
películas de los caballeros medievales. Sillas no había, solo un banco para los dos.
En el fondo un cumulo de maderas varias,
algunas podrían haber sido sillas.
En las paredes rústicas, pendían estantes de
metal con miles de papeles de toda época.
Para comer, empujé
todo lo que había arriba y suerte que llevé de regalo un mantelito de plástico.
Platos, había, varios iguales, pero vasos, solo uno, y una taza.
La “vajilla” estaba esparcida por una especie
de mesada de metal, junto con paquetes de arroz y de azúcar abiertos, un papel secante mojado con semillas de soja
brotando, una bolsita con pan viejo, unas cebollas con brotes de 15 cm de
largo, que de tanto estar, ya eran adornos.
Había olor entre
cloaca y humedad. A grasa seca pegada en las hornallas. Las dos cacerolas,
igual que la pava, eran totalmente negras.
El piso de la cocina,
era de cemento, lo mismo que las paredes. No existían los artículos de limpieza
salvo un poquito de detergente. La mayor higiene posible era “pegar una
barrida”, pero nunca sucedió el “pasar un trapo”, ya que no había trapo ni
cepillo, ni balde.
EL AMOR
Ese escenario no era
el mejor, pero, pese a todo, y a mi voluntaria
ceguera, con todo eso...
Hubo un fin de semana
ardiente de amor que me hizo olvidar de lo sucio, del olor, de lo bizarro de la
circunstancia
Sentía que era amada,
y eso era lo único importante en la vida, amaba y era correspondida, y era
feliz
Que más?
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