16 PLANCHAR TODA LA NOCHE



PLANCHAR TODA LA NOCHE
Me costó dos años de escuchar insistencias y fundamentos de mi  amiga Mara, la más experta en la noche.
-...que te vas a divertir... que es para moverse un poco, que hay lugares de buen nivel... que te lo tomes como una terapia física, que es el único lugar en donde podés conocer a algún hombre... que tenes que vencer los prejuicios, que a los cuarenta es mejor...
En fin, el tedio de los fines de semana inmóviles me hizo flaquear y casi sin darme cuenta:
Caí
Le confesé a Mara que me había decidido al fin, que había elegido un lugar para solos y solas de 30 a 45 años, no lejos, no caro. Toda la semana  me fui preparando mentalmente para afrontar  la situación tan temida. Me arreglé  un vestido negro  Me hice un corte de pelo “sauvage” y hasta lustré los clásicos zapatos negros. Lo cual es mucho decir
Ese sábado, en lugar de ir a la pileta, dormí la siesta para resistir la trasnochada que se me venia. Cuando me levanté me hice una limpieza de cutis quedando como una muñeca de porcelana. O al menos quedando mucho mejor. Me pinté las uñas de color rojo , a pesar de que siempre las uso color natural.
Teníamos pensado partir a las 12 de la noche porque la mesa estaba reservada para las 0.30. Por la tarde había llamado al lugar explicándole a la dueña que “es mi primera vez, me cuesta mucho ir, por favor, una buena ubicación, porque no veo bien de noche, ni de dia...”
Llegó mi amiga, muy arreglada y de negro como yo. Nos tomamos un taxi en la puerta de mi casa en Palermo. El chofer (que en lugar de hablar, ladraba) no sabía dónde quedaba la calle Cabrera a pesar de que era a pocas cuadras. Nos desvió bastante, no tenía cambio y detuvo el auto de mala gana y mal ubicado para bajar.
Era una casa antigua, reciclada, en Palermo Viejo. Había dos seres humanos borrosos en la puerta y no podía predecir cómo sería adentro. Muy nerviosa y con vergüenza pensé:
-A la una, a las dos y a las tres- adentro!
Nos acomodaron en seguida en nuestra mesa. Era cuadrada, chica, con sillas de paja que enganchaban las medias, y escondida al fondo. Había muchas mujeres de toda edad, pero en especial había “señoras” rubias que  habían ido a la peluquería “por si acaso”. Los hombres reposaban con los codos apoyados en la barra, con un vaso en cada mano, mirando hacia un horizonte de cabezas femeninas.
Era la una de la mañana y el animador, que no era muy agraciado, anunció que:
-Ya empieza el baile!
Pedí una gaseosa usando el cupón que venia con la entrada. Prefería no tomar alcohol por las dudas me durmiera. Mis ojos recorrían el piso y lugares lejanos. Buscaban no fijar la vista en nadie porque temía levantarme y que me dijeran:
-No, a vos no era, sentate nomás
De cada diez caballeros, uno solo tenia la costumbre de acercarse a menos de dos metros e invitar a bailar, que era lo que yo suponía como normal. Algunos  miraban fijo desde la barra, que estaba lejos, pero no podía divisar a quién miraban. La mayoría de quienes buscaban un contacto, hacían  de cuenta que caminaban y luego emitía un gesto extraño que parecía significar “te estoy invitando a bailar”. Veía las caras como en una nebulosa, y a través de esa bruma lograba vislumbrar una mirada en dirección a mí pero no podía asegurar que yo fuera el punto de mira. Siguieron pasando las horas y a  mí cada vez me daba mas vergüenza estar ahí sentada, sin hacer nada, tratando de disimular la decepción y el aburrimiento. Mara me decía que tenía que mover la cabeza al ritmo de la música y sonreír sin sentido.
A  las 2.30 mi cara ya era de enojo. Sólo quería irme.
Pienso: ¡Que tristeza y depresión haber “planchado toda la noche”... haberme arreglado, haber dormido la siesta, lustrado los zapatos. Mi rabia era tal, que hasta dudè de sí yo no seria un bagayo
El domingo perdí todo el día durmiendo y el lunes pedí turno con el oculista para ver si me recetaba lentes de contacto. Yo atribuía mi fracaso a la falta de visión nocturna. Sin embargo, con el tiempo, fui dándome cuenta de que no era ese el único factor influyente. Había en mí una actitud que provocaba que nadie se acercara. Ese rechazo a estar en situación de vidriera, para que me elijan.
 2) EL SEGUNDO INTENTO:
El sábado siguiente reincidí. Me fui mas sport. Con pantalones negros de tiro bajo y una remera de espalda al aire. Y me llevé el “seguro de diversión”: fui en grupo. Mi amigo más querido y otro que le hacía “gamba”. La idea era: “Entramos todos separados, haciendo como que no nos conocemos, si pasa mucho tiempo y planchamos, bailamos entre nosotros.”

Esa noche me divertí y me reí tanto como hacía mucho no lo hacía. Me baile todo (bailo bien, ¿por qué no reconocerlo?), me  miraban y me felicitaron por mis dotes. Pero sólo bailamos entre nosotros
El amigo de mi amigo era rescatable, si fuera posible quitarle la panza y el síndrome depresivo que cargaba. Era alto, de bigotes. Algunas canas pero pocas. El pelo largo pero bien. Bailando era gracioso, parecía un poste de luz. Y hablando era lamentable: se la pasó destilando veneno contra el género femenino. Tiene 45 años, hijos grandes, y vive ¿a que no saben con quien? Con la mejor. Con mamá.
En un momento de la noche me invitó a tomar café en la barra: dijo que su trabajo era una cárcel, que la novia que tuvo por tres años lo había estafado, y que el tema musical que pasaban lo deprimía porque le hacia recordar al pasado. Todo sin hacer mueca alguna.
En otro momento me miró y con tono serio y grave me confeso que yo era “la mina que mejor estaba de todo el boliche”. Considerando lo que se veía alrededor no podía siquiera interpretarlo como un piropo porque las demás eran horribles.
Eran casi las cinco y yo estaba muy contenta por haber bailado tanto, haberme reído y haber transpirado por un noble fin, que era animarme a bailar. Fuimos los cuatro a casa a tomar café y pronto amaneció.
El domingo me la pasé durmiendo y tuve que tomar un antiinflamatorio porque mi osamenta chirriaba como una bisagra oxidada. En la semana estuve contenta pero no había logrado mi objetivo que era “hablar con extraños”.
3) Y SE VA LA TERCERA:
No conforme con los resultados obtenidos, aún me quedaron ganas de intentarlo nuevamente. Esta vez en un lugar que no fuera de solos y solas y que no fuera tan barato. Pensaba que de esa manera tenía más posibilidades de alcanzar mi objetivo. Hablé con mi amiga Mara, la experta, y me aconsejó que fuera a un boliche que quedaba arriba de una confitería, catalogada de “fina”, en Santa Fe y Callao que teni el nombre de un músico. Ella había conocido a un muchacho bastante agradable, con el cual proyectaba bailar esa noche y la idea era que yo le hiciera de chaperona. Me lo pidió “por favor, te lo ruego, acompañame, dale”.
Pero el día viernes el grupo de dos se había transformado en uno de cuatro. Yo la acompañaba a ella, ella iba con él, y yo acompañaba a mi querido amigo del segundo intento. El también intentaba desinhibirse pero no conmigo . Otra vez con él habíamos arreglado que simularíamos no conocernos y Mara se arreglaría por su lado.
Así ocurrieron las cosas:
       el nuevo amigo de Mara falto a la cita
       lo estuvimos esperando debajo de mi casa media hora, adentro del auto, luego nos fuimos.
       Media hora antes de que me vinieran a buscar, me sentía mal fisica y anímicamente. Estaba de mal humor y me dolía la cabeza. Pero me insistieron mucho y Mara estaba tan alterada que TUVE que ir.

Ya me imaginaba qué me esperaba: aguantar hasta las cinco de la mañana
Llegamos: el lugar era grande, con muchisimas mesas redondas y ordenadas de tal manera que parecía un tenedor libre coreano. Yo veía cientos de cabecitas rubias, de mujeres por supuesto. A Mara y a mí nos tocó una al fondo de todo, para llegar teníamos que sacar del paso otras y mesas y sillas. La disposición del lugar era en forma de óvalo, como un circo romano con las gradas alrededor. El centro, era el lugar para danzar. La barra estaba en uno de los lados. Allí había HOMBRES:
Había señores de saco sport,  de mediana edad,  arreglados y peinados, también bronceados, y también “monstruitos”, pero dos o tres solamente. Aquí el mecanismo era distinto que en el otro boliche. Los hombres con el vaso en la mano caminaban en fila india, haciendo la circunferencia del ovalo, justo bordeando la primera hilera de mesas femeninas. Ellas eran, por tanto, las únicas que por su ubicación tenían chances de ser vistas por los galanes. De vez en cuando alguno frenaba de golpe  y entraba a mirar fijo a quien sabe quién. Ella entendía y se levantaba para pasar a la zona de baile. No se acercaban a invitar, ni tampoco cabeceaban, era cuestión de miradas y códigos que yo no entendía.
Algunas mujeres estaban vestidas tipo leopardo de lycra , tacos altos y finitos. O si nó con pantalones bien ajustados, con la pancita al aire, o con vestidos negros apretados y cortos.
Mi amigo, que es tímido, enseguida se vino a la mesa conmigo, a charlar con la excusa de que era para acompañarme a mí. Unos minutos bailé con él y después me pasé varias horas sentada, sin hacer nada, esperando que llegara el momento del retorno.
Mara bailó con uno de los que estaban solos y se lo trajo a la mesa. La verdad  era un ser extraño, pero era lo unico que había conseguido. A mí me daba igual porque sólo quería  irme.
A las cinco, creí que ya había cedido lo suficiente como para ponerme firme con mi idea de rajar pero no tuve eco. Fui a la pista codeando a todos los que estaban en pleno frenesí danzante, le toqué fuerte el hombro a mi amiga y muy convencida le dije “Vamos”.
El domingo dormí todo el día en lugar de ir a la pileta. Y estuve pensando acerca del asunto. Puedo tener miedo de conocer hombres por temor a engancharme, por temor a equivocarme, a sentirme invadida, a sufrir. Por temor a confundir sexo con amor. Y a todas las formas que pueda tomar el por las dudas. Sin embargo concluí que el ambiente de boliche no es para mí. No me gusta estar en exposición, me incomoda
Dicen que los hombres se conocen en cualquier parte.
Pero  seguro que no sentada en el living de casa.

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