PLANCHAR TODA LA NOCHE
PLANCHAR
TODA LA NOCHE
Me costó
dos años de escuchar insistencias y fundamentos de mi amiga Mara, la más
experta en la noche.
-...que
te vas a divertir... que es para moverse un poco, que hay lugares de buen
nivel... que te lo tomes como una terapia física, que es el único lugar en
donde podés conocer a algún hombre... que tenes que vencer los prejuicios, que
a los cuarenta es mejor...
En fin,
el tedio de los fines de semana inmóviles me hizo flaquear y casi sin darme
cuenta:
Caí
Le
confesé a Mara que me había decidido al fin, que había elegido un lugar para
solos y solas de 30 a 45 años, no lejos, no caro. Toda la semana me fui
preparando mentalmente para afrontar la situación tan temida. Me arreglé
un vestido negro Me hice un corte de pelo “sauvage” y hasta lustré
los clásicos zapatos negros. Lo cual es mucho decir
Ese
sábado, en lugar de ir a la pileta, dormí la siesta para resistir la
trasnochada que se me venia. Cuando me levanté me hice una limpieza de cutis
quedando como una muñeca de porcelana. O al menos quedando mucho mejor. Me
pinté las uñas de color rojo , a pesar de que siempre las uso color natural.
Teníamos
pensado partir a las 12 de la noche porque la mesa estaba reservada para las
0.30. Por la tarde había llamado al lugar explicándole a la dueña que “es mi
primera vez, me cuesta mucho ir, por favor, una buena ubicación, porque no veo
bien de noche, ni de dia...”
Llegó mi
amiga, muy arreglada y de negro como yo. Nos tomamos un taxi en la puerta de mi
casa en Palermo. El chofer (que en lugar de hablar, ladraba) no sabía dónde
quedaba la calle Cabrera a pesar de que era a pocas cuadras. Nos desvió
bastante, no tenía cambio y detuvo el auto de mala gana y mal ubicado para
bajar.
Era una
casa antigua, reciclada, en Palermo Viejo. Había dos seres humanos borrosos en
la puerta y no podía predecir cómo sería adentro. Muy nerviosa y con vergüenza
pensé:
-A la
una, a las dos y a las tres- adentro!
Nos
acomodaron en seguida en nuestra mesa. Era cuadrada, chica, con sillas de paja
que enganchaban las medias, y escondida al fondo. Había muchas mujeres de toda
edad, pero en especial había “señoras” rubias que habían ido a la
peluquería “por si acaso”. Los hombres reposaban con los codos apoyados en la
barra, con un vaso en cada mano, mirando hacia un horizonte de cabezas
femeninas.
Era la
una de la mañana y el animador, que no era muy agraciado, anunció que:
-Ya
empieza el baile!
Pedí una
gaseosa usando el cupón que venia con la entrada. Prefería no tomar alcohol por
las dudas me durmiera. Mis ojos recorrían el piso y lugares lejanos. Buscaban
no fijar la vista en nadie porque temía levantarme y que me dijeran:
-No, a
vos no era, sentate nomás
De cada
diez caballeros, uno solo tenia la costumbre de acercarse a menos de dos metros
e invitar a bailar, que era lo que yo suponía como normal. Algunos
miraban fijo desde la barra, que estaba lejos, pero no podía divisar a quién
miraban. La mayoría de quienes buscaban un contacto, hacían de cuenta que
caminaban y luego emitía un gesto extraño que parecía significar “te estoy
invitando a bailar”. Veía las caras como en una nebulosa, y a través de esa
bruma lograba vislumbrar una mirada en dirección a mí pero no podía asegurar
que yo fuera el punto de mira. Siguieron pasando las horas y a mí cada
vez me daba mas vergüenza estar ahí sentada, sin hacer nada, tratando de
disimular la decepción y el aburrimiento. Mara me decía que tenía que mover la
cabeza al ritmo de la música y sonreír sin sentido.
A
las 2.30 mi cara ya era de enojo. Sólo quería irme.
Pienso: ¡Que
tristeza y depresión haber “planchado toda la noche”... haberme arreglado,
haber dormido la siesta, lustrado los zapatos. Mi rabia era tal, que hasta dudè
de sí yo no seria un bagayo
El domingo perdí todo el día durmiendo y el lunes
pedí turno con el oculista para ver si me recetaba lentes de contacto. Yo
atribuía mi fracaso a la falta de visión nocturna. Sin embargo, con el tiempo,
fui dándome cuenta de que no era ese el único factor influyente. Había en mí
una actitud que provocaba que nadie se acercara. Ese rechazo a estar en
situación de vidriera, para que me elijan.
2) EL
SEGUNDO INTENTO:
El sábado
siguiente reincidí. Me fui mas sport. Con pantalones negros de tiro bajo y una
remera de espalda al aire. Y me llevé el “seguro de diversión”: fui en grupo.
Mi amigo más querido y otro que le hacía “gamba”. La idea era: “Entramos todos
separados, haciendo como que no nos conocemos, si pasa mucho tiempo y
planchamos, bailamos entre nosotros.”
Esa noche
me divertí y me reí tanto como hacía mucho no lo hacía. Me baile todo
(bailo bien, ¿por qué no reconocerlo?), me miraban y me felicitaron por
mis dotes. Pero sólo bailamos entre nosotros
El amigo
de mi amigo era rescatable, si fuera posible quitarle la panza y el síndrome
depresivo que cargaba. Era alto, de bigotes. Algunas canas pero pocas. El pelo
largo pero bien. Bailando era gracioso, parecía un poste de luz. Y hablando era
lamentable: se la pasó destilando veneno contra el género femenino. Tiene 45
años, hijos grandes, y vive ¿a que no saben con quien? Con la mejor. Con
mamá.
En un
momento de la noche me invitó a tomar café en la barra: dijo que su trabajo era
una cárcel, que la novia que tuvo por tres años lo había estafado, y que el
tema musical que pasaban lo deprimía porque le hacia recordar al pasado. Todo
sin hacer mueca alguna.
En otro
momento me miró y con tono serio y grave me confeso que yo era “la mina que
mejor estaba de todo el boliche”. Considerando lo que se veía alrededor
no podía siquiera interpretarlo como un piropo porque las demás eran horribles.
Eran casi
las cinco y yo estaba muy contenta por haber bailado tanto, haberme reído y
haber transpirado por un noble fin, que era animarme a bailar. Fuimos los
cuatro a casa a tomar café y pronto amaneció.
El
domingo me la pasé durmiendo y tuve que tomar un antiinflamatorio porque mi
osamenta chirriaba como una bisagra oxidada. En la semana estuve contenta pero
no había logrado mi objetivo que era “hablar con extraños”.
3) Y
SE VA LA TERCERA:
No
conforme con los resultados obtenidos, aún me quedaron ganas de intentarlo
nuevamente. Esta vez en un lugar que no fuera de solos y solas y que no fuera
tan barato. Pensaba que de esa manera tenía más posibilidades de alcanzar mi
objetivo. Hablé con mi amiga Mara, la experta, y me aconsejó que fuera a un
boliche que quedaba arriba de una confitería, catalogada de “fina”, en Santa Fe
y Callao que teni el nombre de un músico. Ella había conocido a un muchacho
bastante agradable, con el cual proyectaba bailar esa noche y la idea era que
yo le hiciera de chaperona. Me lo pidió “por favor, te lo ruego, acompañame,
dale”.
Pero el
día viernes el grupo de dos se había transformado en uno de cuatro. Yo la
acompañaba a ella, ella iba con él, y yo acompañaba a mi querido amigo del
segundo intento. El también intentaba desinhibirse pero no conmigo . Otra vez
con él habíamos arreglado que simularíamos no conocernos y Mara se arreglaría
por su lado.
Así
ocurrieron las cosas:
· el nuevo amigo de Mara falto a la
cita
· lo estuvimos esperando debajo de
mi casa media hora, adentro del auto, luego nos fuimos.
· Media hora antes de que me
vinieran a buscar, me sentía mal fisica y anímicamente. Estaba de mal humor y
me dolía la cabeza. Pero me insistieron mucho y Mara estaba tan alterada que
TUVE que ir.
Ya me
imaginaba qué me esperaba: aguantar hasta las cinco de la mañana
Llegamos: el lugar era grande, con
muchisimas mesas redondas y ordenadas de tal manera que parecía un tenedor
libre coreano. Yo veía cientos de cabecitas rubias, de mujeres por supuesto. A
Mara y a mí nos tocó una al fondo de todo, para llegar teníamos que sacar del
paso otras y mesas y sillas. La disposición del lugar era en forma de óvalo,
como un circo romano con las gradas alrededor. El centro, era el lugar para
danzar. La barra estaba en uno de los lados. Allí había HOMBRES:
Había
señores de saco sport, de mediana edad, arreglados y peinados, también
bronceados, y también “monstruitos”, pero dos o tres solamente. Aquí el
mecanismo era distinto que en el otro boliche. Los hombres con el vaso en la
mano caminaban en fila india, haciendo la circunferencia del ovalo, justo
bordeando la primera hilera de mesas femeninas. Ellas eran, por tanto, las
únicas que por su ubicación tenían chances de ser vistas por los galanes. De
vez en cuando alguno frenaba de golpe y entraba a mirar fijo a quien sabe
quién. Ella entendía y se levantaba para pasar a la zona de baile. No se
acercaban a invitar, ni tampoco cabeceaban, era cuestión de miradas y códigos
que yo no entendía.
Algunas
mujeres estaban vestidas tipo leopardo de lycra , tacos altos y finitos. O si
nó con pantalones bien ajustados, con la pancita al aire, o con vestidos negros
apretados y cortos.
Mi amigo,
que es tímido, enseguida se vino a la mesa conmigo, a charlar con la excusa de
que era para acompañarme a mí. Unos minutos bailé con él y después me pasé
varias horas sentada, sin hacer nada, esperando que llegara el momento del
retorno.
Mara
bailó con uno de los que estaban solos y se lo trajo a la mesa. La
verdad era un ser extraño, pero era lo unico que había conseguido. A mí
me daba igual porque sólo quería irme.
A las
cinco, creí que ya había cedido lo suficiente como para ponerme firme con mi
idea de rajar pero no tuve eco. Fui a la pista codeando a todos los que estaban
en pleno frenesí danzante, le toqué fuerte el hombro a mi amiga y muy
convencida le dije “Vamos”.
El
domingo dormí todo el día en lugar de ir a la pileta. Y estuve pensando acerca
del asunto. Puedo tener miedo de conocer hombres por temor a engancharme, por
temor a equivocarme, a sentirme invadida, a sufrir. Por temor a confundir sexo
con amor. Y a todas las formas que pueda tomar el por las dudas. Sin embargo
concluí que el ambiente de boliche no es para mí. No me gusta estar en
exposición, me incomoda
Dicen que
los hombres se conocen en cualquier parte.
Pero seguro que no sentada en el living de
casa.
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